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Una
pastorcilla ayudaba a cuidar el rebaño de su
familia, en unos campos cercanos a Belén.
Buscaba una pequeña oveja que se había
extraviado y subió por una ladera. Al mirar
hacia abajo, advirtió mucho movimiento entre
los otros pastores y vio como se apresuraban
en dirección al pueblo.

Temiendo alguna desgracia, la niña bajó
corriendo a preguntar que pasaba y a dónde
iban con tanta prisa. Un pastor que conocía
le contestó:
-Vamos
a ver al Niño que ha nacido en un establo en
Belén. Ya estuve allí esta noche pasada y
pude ver que es realmente el Hijo de Dios.
Ahora voy a llevar a su Madre una taza de
miel.
Y la
niña vio que todos los pastores que iban
hacia el establo llevaban algún pequeño
obsequio en sus manos; quién un poco de
queso, quién un trozo de pan, quién una
jarra de leche.

¡Y ella
no tenía nada...! Quería ir a ver el
Milagro, quería ver al Niño, pero no quería
ir con las manos vacías. Su padre ya había
recogido toda la leche, ella se había comido
todo el queso y el pan que le dejaron para
el almuerzo... No, no tenía nada
que llevarle y le daba mucha pena y mucha
vergüenza no poder hacerle una pequeña
ofrenda.
Y se
sintió tan acongojada que no pudo evitar que
las lágrimas corrieran por sus mejillas.
Y
entonces una luz muy brillante apareció ante
ella y oyó una voz dulce y serena que le
decía:
-Ven
conmigo.

Y la
luz se acercó a una gran roca y allí, junto
a la piedra, surgiendo de la nieve, había
una preciosa planta cubierta de flores
blancas.
La niña
gritó de alegría; ¡Ya tenía un regalo que
llevar al establo!
Recogió
las flores tan deprisa como pudo y con ellas
en la mano corrió hacia el Portal y con una
gran sonrisa, se las entregó a María.
Y el
Niño Dios también le sonrió a ella desde su
cuna de paja.


Diseño, arreglo del texto y gráficos de Trenzas
Dic. 2008
La
música que escuchas: "Baby Mine"
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